CRÓNICA DE UN SUEÑO

 

Desde el primer día de mi presencia en estas comunidades, di gracias a Dios por tener a mi cargo un pequeño santuario de la Madre de Dios, éste con el nombre de La Virgen de la Vega, al que veneran cristianos de estos valles y estas loras que tejen la trama de su fe con hilos de una historia secular en estos pueblos de las diócesis de Burgos, Palencia y Santander, santuario que es presencia de Dios y cultura de fe y devoción en el marco social de dos autonomías.

Siempre soñé con un coro que diera a la celebración de la fe la belleza y esa parte de solemnidad que la música sacra lleva en sí misma, porque es consciente de que al cantar, dirige su oración a la Santa Trinidad. Testigo de esta búsqueda primera es Lali Serna, de Aguilar de Campoo. En la base de datos de los devotos del Santuario consta con el título de “Organista inicial”. Testigo, los primeros escarceos de clases y ensayos de un incipiente grupo musical, el trabajo del amigo Carmelo de la Vega, sacerdote de pueblos vecinos a los míos.

El sueño comenzó a hacerse realidad cuando llegó D. Epifanio Puertas, y el Santuario y las celebraciones todas en las comunidades de los dos valles, y del Arciprestazgo entero, se llenaron de música, de ensayos, de dignidad y de fiesta.

El sueño siguió acercándose a la realidad, y durante uno de los Encuentro de los Santuarios de CyL, en el de la Virgen del Brezo, en la vecina Montaña Palentina, escuché melodías a la Virgen del Brezo, y soñé ecos en este de la Vega, moduladas por la voz de aquella mujer, invisible para nosotros, y que resultó ser Ana Clara Vera.

A ella recurrí, hace poco más de un mes, pidiéndole su juicio sobre la valía de una partitura escrita por el Maestro de Capilla de la Basílica romana de Santa María, la Mayor, Monseñor D. Valentín Miserachs Grau. En su día Sor Pilar Gutiérrez, a la sazón Secretaria General del Instituto de Siervas del Sagrado Corazón, me había acercado a él, pues le conocía por ser oriundo de la diócesis de Vic.

Pedía yo su juicio a Ana Clara, pues este aval previo dado desde su bien hacer musical, sería decisivo. La respuesta precisa y rápida de Ana Clara llegó, diciendo “es una oración muy bella”. A ella le siguió un ruego por mi parte: ¿Será posible que la cantes en la fiesta mayor del Santuario? Faltaban apenas quince días. Su disponibilidad, su lealtad en el servicio a la Virgen de la Vega, hicieron el resto.

Mientras Ana Clara ensayaba la realización, yo iniciaba los contactos con los autores de letra y música. Desde el primer momento quise poder reunirlos en la fiesta mayor del Santuario, pues a mi convicción, hecha alabanza pública, de la calidad de la letra, se añadía ahora el descubrimiento por mi parte de la calidad de la música. No fue posible reunir al autor de la letra. BAS_2876

El sueño se acercó más a la realidad cuando recibo respuesta de Mons. Valentín Miserachs. Decía: “Pensar que ayer, día 5, se interpretó finalmente, después de tantos años de los que ya perdí la cuenta, la Plegaria a la Virgen de la Vega, en su venerado santuario, que ya me gustaría conocer a lo vivo, me causa una honda satisfacción”. Le envié a toda prisa la invitación para visitar el Santuario el día que quisiera, ya en este verano. Su respuesta fue rápida: De su corta estancia en casa de los suyos dedicaría tres días a esta visita.

El domingo, 2 de agosto, era uno de ellos. La víspera llegaba Mons. Miserachs que nos daba la confianza de venir acompañado de su hermana. Desde el primer momento nos sentimos como de familia. Conocíamos la calidad musical que le acompaña en sus servicios eclesiales por todo el mundo. Nos creíamos desbordados. Él y su hermana se encargaron de ponerse a la pequeña altura de nuestro Santuario. Ana Clara vino con tiempo suficiente para ensayar con el Profesor. Quienes tuvimos ocasión de estar presentes en ese ensayo, caímos en la cuenta de asistir a un diálogo de dos figuras de la música y del canto, y mantuvimos una respetuosa distancia.

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La iglesia estaba al completo. La Eucaristía seguía el ritmo de celebración de todos los domingos. Como hacemos habitualmente, después de haber comulgado en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, Dios y hombre verdadero, tenemos un saludo agradecido a su Madre, rezando esa bella oración a la Virgen de la Vega. En este momento lo hacemos de modo especial. Entregamos a todos una copia de la oración. Nos pusimos de pie mirando a la imagen de la Virgen. Siempre la hemos rezado con el ritmo de una recitación coral. Hoy el ritmo y la música son regalo de arte de Monseñor D. Valentín Miserachs y de Ana Clara. Siguiendo el texto de la oración, que tenemos en la mano, puesta la mirada en esos sus ojos misericordiosos, hoy somos aprendices del canto. Ojalá que, a no tardar mucho, seamos también intérpretes de ese arte de tanta calidad, que ahora rezamos en pentagrama de piedad filial.

 

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Al canto y a los acordes del órgano, siguió el silencio que había madurado en plegaria, tal como queríamos, sin que aplausos fuera de lugar interrumpiesen ese dialogo, ese tratar de amistad con quien sabemos nos quiere, que diría Santa Teresa.

El sueño se ha convertido realidad. Y algo más. Porque, hay futuro.

 

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